“No Soy una Muñeca”. El problema con Miss Universo

 

 

Para este punto, internet ya hizo lo suyo y todas vimos el mal rato que pasó Fátima Bosch, la representante de México en Miss Universo 2025, a causa de los reclamos de Nawat Itsaragrisil, Presidente de Miss Grand International y, en ese momento, Director de Miss Universo Tailandia. Y digo “mal rato” por no decir violencia. ¿De qué otra forma nombrar las humillaciones públicas ejercidas desde una posición jerárquica contra alguien a quien se le trata como si fuera una muñeca que se maquilla, se viste y se exhibe a conveniencia?

 

Entre los debates en redes apareció la pregunta de si Fátima había hecho bien o mal al no publicar el contenido que Nawat exigía, si eso estaba o no estipulado en su contrato. Pero incluso si lo estuviera, ¿la firma de un contrato justifica la violencia en cualquiera de sus formas? La respuesta debería ser un rotundo no.

 

 

Si entendemos los cuerpos como territorios en disputa —como lo plantean múltiples teorías feministas y decoloniales—, los cuerpos femeninos han sido históricamente territorios de conquista. En el capitalismo contemporáneo, además, son también materia de explotación comercial. Pero no todos los cuerpos: solo aquellos disciplinados y estilizados según los estándares que certámenes como este se empeñan en perpetuar.

 

El cuerpo hegemónicamente bello es una moneda de cambio. Y la problemática es aún más infame cuando pensamos, por ejemplo, en las versiones infantiles de estas competencias, donde niñas que no han terminado de desarrollarse ni física ni psicológicamente ya son objeto de juicio, evaluación y tratos comerciales.

 

 

 

Con esta polémica también se hicieron visibles los nombres y rostros de quienes dirigen el concurso: en su mayoría hombres, empresarios, expertos en monetizar un espacio que se vende como “empoderamiento para las mujeres”. Son ellos quienes dictan las reglas estéticas sobre el cuerpo femenino, y somos nosotrxs —la audiencia— quienes las validamos cuando consumimos su discurso sin un filtro crítico, aspirando a una belleza estandarizada que se sostiene en desigualdades históricas.

 

“Yo no soy una muñeca”, dijo Fátima en declaraciones posteriores. Subrayó la importancia de usar su voz y mostró firmeza ante un escenario de abuso de poder. Pero ese empoderamiento no nace del certamen: nace de entornos socioculturales que fomentan la reflexión, de redes afectivas sólidas y de procesos personales que nada tienen que ver con las lógicas de Miss Universo. Entonces, ¿Miss Universo es realmente un espacio de empoderamiento femenino? No.

 

Y ese es, en realidad, el problema con Miss Universo: que siga existiendo bajo las mismas reglas que ya demostraron su caducidad. Es un espacio que intenta acallar voces que han tardado décadas en fortalecerse, mientras mantiene intacta una estructura que convierte a las mujeres en vitrinas, mercancías o muñecas silenciosas. Pero si algo podemos aprender de Fátima es la entereza y la elocuencia con la que antepone su derecho a expresarse y ser escuchada frente a la violencia machista que intentó callarla. Lo hace desde la inteligencia y la emotividad al sentirse vulnerada, cualidades que, en la tabasqueña —como en muchas mujeres—, conviven en armonía.

 

No creo que las mujeres más bellas del mundo —según los parametros del certamen— puedan cambiar nuestras realidades ajustandose a los roles pasivos que exigen los concursos de belleza. Pero mostrar de manera pública la importancia de la voz propia y exigir respeto como lo hizo Fátima o ser una red de contesión como Hanin Al Qoreishy, Miss Irak 2025 al respaldar a la mexicana, eso sí cambia la vida de las mujeres y propicia una transformación cultural a distintas escalas y en cualquier contexto.

 

 

 

 

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